II. La cultura alacalufe: Breve esbozo descriptivo

María Ester Grebe

Joven alacalufe confeccionando su canasto. (Gusinde, 1951:144)

Los alacalufes modernos pertenecen a las arcaicas estirpes de pescadores y mariscadores nómades, remanentes de los estratos paleoamericanos, cuyos antepasados llegaron al extremo sur de Chile en tiempos remotos (Mostny, 1972:293). Los testimonios más antiguos de dicha cultura se han localizado en la isla de Englefield en el seno de Otway. Movilizados en canoas, transitaron "por los canales, fiordos y lagos interiores desde varios miles de años' (ibid.: 30). Aunque su prehistoria es casi desconocida, su corriente migratoria parece haberse orientado por la costa desde el norte (Lothrop, 1928: 199; Mostny, 1972:30), eligiendo posteriormente para su peregrinaje nomádico las islas de los archipiélagos sureños situados entre los golfos de Penas y de Trinidad.

A pesar de que tanto a los alacalufes como a los demás grupos de cazadores y recolectores nómades del extremo sur se les denomina habitualmente como "fueguinos", dicho término es demasiado impreciso (Emperaire, 1963: 56). En efecto, él no diferencia las "dos diferentes líneas de desarrollo cultural: una representada por los cazadores terrestres, cuyos primeros vestigios datan del décimo milenio antes de Cristo y la otra por pescadores y recolectores marinos" (Mostny, 1972:33), a los cuales se atribuye mayor antigüedad (Lothrop, 1928:200-201) (1)

La primera dio origen a los onas y tehuelches, "indios pedestres" residentes en las pampas continentales y Tierra del Fuego; y la segunda a los alacalufes y yaganes, "indios canoeros" que habitaron los archipiélagos de la vertiente pacífica (ibid.: 199-200; Emperaire, 1963:56; Mostny, 1972:33-34). No obstante, existen evidencias de contacto cultural entre ambos grupos, lo cual se produjo en el pasado a través de regiones territoriales interiores colindantes, limitándose dicho contacto "a trueques o batallas" (Emperaire, 1963: 62).

La relación cultural entre alacalufes y yaganes es profunda y estrecha. Ella se evidencia tanto a nivel somatológico y cronológico como de la cultura material e inmaterial, diferenciándose sólo en sus patrones lingiiísticos (Lothrop, 1928:128-201; Steward y Faron, 1959:397-398; Emperaire, 1963: 65) . En efecto, ellos comparten una vida material extremadamente precaria, la cual, junto con su peculiar estructura social, facilitan su vida de nómades marinos de considerable movilidad y amplio desplazamiento. Por tanto, "sólo el ambiente marino les resulta acogedor" (Emperaire, 1963: 62), a pesar de su inclemencia climática, múltiples peligros y difícil supervivencia.

Alacalufe encendiendo fuego
(Gusinde, 1951:145)

Resumimos esquemáticamente, a continuación, los rasgos básicos de la antigua cultura alacalufe tradicional de antaño: (2)

La unidad básica de la estructura social es la familia nuclear, cuyo reducido tamaño y relativa autonomía favorecían el desarrollo de su elemental economía de subsistencia, carente de las prácticas más rudimentarias de agricultura. La alimentación se basaba casi exclusivamente de la pesca, caza y simple recolección de mariscos agotando sucesivos bancos, puesto que los frutos, bayas y raíces silvestres poseían una importancia reducida.

Debido a su continua movilidad nomádica, la familia alacalufe requería una extrema simplificación de sus posesiones materiales. En consecuencia, estas últimas se reducían a la liviana choza de base ovalada cubierta con pieles, cortezas y follajes, cuyo montaje y desmontaje eran rápidos y fáciles; la canoa manufacturada con cortezas de coihue, medio único y vital de transporte marítimo; los utensilios de pesca, caza y recolección de alimentos, consistentes en arpones, dardos, trampas, hondas, arco y flecha, complementados por canastos trenzados, bastones, garrotes y otros implementos poco elaborados; y la vestimenta funcional compuesta de capas y taparrabos de piel y algunos ornamentos.

A pesar que de la cultura inmaterial alacalufe quedan, en la actualidad, sólo restos muy disminuídos, de la revisión de diversas fuentes bibliográficas (3) deducimos que en el pasado ella ha estado dominada por su cosmovisión telúrica; su íntimo contacto con la sobrecogedora naturaleza de los archipiélagos y canales de Chile; su rico mundo de creencias, mitos, sueños y presagios; su complejo sistema religioso de difícil reactualización. En este último, se diferenciaban cuatro tipos principales de conceptos y prácticas: creencias y ritos del ciclo vital, chamanismo, creencias en seres sobrenaturales y magia (Steward y Faron, 1959:389) (4).

En el complejo ceremonial del ciclo vital, se distinguían los ritos de nacimiento, pubertad, muerte, fertilidad e iniciación. Cabe señalar que en la mayoría de dichos ritos y, en particular, en aquellos de iniciación, tanto el canto como la danza ocupaban un lugar preponderante como medio de comunicación en el cual participaban activamente los miembros de la congregación ritual con un variado repertorio poético-musical propio de cada rito específico (Bird, 1946:73-77). Estos últimos, sumados a las actividades chamánicas y mágicas, han desaparecido, persistiendo aún hoy día, con cierta vitalidad, sólo algunas creencias en seres sobrenaturales: espíritus o seres míticos cuyas acciones explican al indígena en forma simple las causas de los fenómenos naturales y los misterios de su precaria existencia humana acechada por el peligro, la enfermedad y la muerte. Tres de ellos tienen plena vigencia: Ayayema, el genio perverso y poderoso que domina y gobierna a los elementos naturales y persigue al indígena rondando en la oscuridad de la noche para enfermarlo o provocar en él diversos males y accidentes; Kawtcho, el gigante maléfico que ataca al hombre con sus manos ganchudas, apareciendo con sus luces características en las noches de tormenta; y Mwono, el hombre de las nieves que habita en la cima de las montañas y glaciares precipitando las avalanchas de nieve con gran estrépito. Estas y otras creencias constituyen supervivencias del antiguo complejo perteneciente a la cultura alacalufe tradicional. Su persistencia fue atestiguada por la presente autora en numerosos testimonios registrados en su expedición del año 1971. (ver nota)

No obstante, en la actualidad la cultura alacalufe tradicional vive una etapa tardía de su dramático y rápido proceso de cambio, disgregación y extinción, en cuyo desarrollo es posible distinguir cuatro etapas (Emperaire, 1963: 204-207):

  1. La primera se remonta hasta 1930 y representa a la cultura alacalufe tradicional, cuya estructura no sufre alteraciones significativas resistiendo el proceso de aculturación.
  2. La segunda (1930-1948) corresponde a los descendientes de los antiguos alacalufes cuya cultura se modifica al producirse una ruptura en la transmisión de sus patrones culturales, conservando, sin embargo, el recuerdo de las formas de vida de sus antepasados.
  3. La tercera (1948-1960) está representada por aquellos indígenas que buscan concientemente su escisión del grupo matriz, aspirando a integrarse a la cultura chilena representada por sus grupos laborales afines: cazadores, pescadores o leñadores de la zona austral.
  4. La cuarta se inicia en 1960 y corresponde a aquellos jóvenes alacalufes quienes, careciendo de comprensión e identificación con su propia cultura, imitan la cultura material chilena adoptando actitudes pasivas o mendicantes. Pierden ásí su autenticidad y calidad expresiva, deseando su alejamiento del grupo matriz, definitivo y sin retorno.

Kostora y su nieta, hacia 1930 (Emperaire, 1963)

La extinción del grupo humano ocurre paralelamente. Según Bird (1946: 57), en el pasado "es dudoso que ellos excediesen alguna vez de unos pocos miles". En 1917, Cooper (1917:47) estima su población en 200 ó 400 (5), reduciéndose en 1953, de acuerdo a la encuesta demográfica de Emperaire (1963:80), a 61 sobrevivientes; y a sólo 49 según un recuento esquemático de los residentes de Puerto Edén efectuado en el verano de 1971 por la presente autora. A pesar de dicho alarmante descenso poblacional, los alacalufes constituyen aún el grupo más numeroso de "fueguinos", puesto que tanto los yaganes como los onas chilenos están prácticamente extinguidos.

La crisis demográfica del grupo alacalufe y demás culturas "fueguinas" es analizado por el misionero salesiano Antonio Coiazzi (1914: 13), quien -resumiendo el pensamiento de su superior, Monseñor Fagnano- reduce sus causas a cuatro principales: "1ª las influencias patológicas, como tuberculosis y sífilis, y afecciones a los órganos de la respiración; 2ª las matanzas hechas por los colonizadores con armas de fuego; 3ª captura de las mujeres y niños en las guerras entre las tribus enemigas y en venganzas privadas, o por deportaciones violentas de parte de la autoridad; 4ª el cambio demasiado repentino de alimentación, vestidos, habitación, de vida nómade, etc.". A dichas causas deben agregarse la emigración sin retorno; las muertes violentas por ahogamientos, accidentes de caza, pesca y asesinatos; las muertes por enfermedad, destacándose la alta tasa de mortalidad infantil y de adolescentes; y el impacto del alcoholismo.


Alacalufe en su traje de cuero (Gusinde, 1951:209)

Emperaire (1963: 88), sintetiza elocuentemente la dramática agonía de la cultura alacalufe: "Todos ellos se sienten aún más movidos a partir desde que la vida en los campamentos no es ya lo que era en otro tiempo. Han desaparecido las fiestas y ceremonias. Ya no se usan las pinturas corporales, no hay ya sino muy raras veces cantos y mímicas. El interés de los miembros del grupo se desvía de lo que constituía en otro tiempo la vida misma de la tribu para gravitar únicamente en torno de los loberos y sus bienes tan deseables. Muchos niños mueren. Los adultos son afectados por un mal desconocido. Poco a poco, una especie de desaliento y de resignación se apodera de los alacalufes... Los pasajeros y las tripulaciones, llenos de piedad por los desgraciados indios, desnudos al viento y bajo la lluvia, se pusieron a distribuirles de todo un poco, utilizable o no. Los indios empezaron a habituarse a recibir por el solo hecho de pedir. La caza y la pesca, que eran, sin embargo, las actividades vitales del grupo, pasaron a un segundo plano, pues eran menos remunerativas y mucho más penosas que la espera del paso de los barcos". En 1940, la distribución gratuita de víveres por parte del gobierno chileno dio el golpe de gracia. Su antigua alimentación rica en proteínas -a base de mariscos, peces y pájaros- fue sustituída por otra a base de hidratos de carbono; las ricas pieles impermeables de la vivienda y del vestuario tradicional por telas corrientes y harapos que no protegían contra la lluvia, la nieve y la humedad permanente; la estimulante actividad laboral nomádica de recolección, pesca y caza por una malsana inactividad casi total. Así, su resistencia a la enfermedad disminuyó, quedando a merced de contagios, enfermedades y muerte.

Sin embargo, desde hace algunos años, gran parte de los problemas de salud, vivienda y vestuario han sido solucionados o paliados, arrastrando consigo una inevitable y profunda aculturación. En efecto, los alacalufes sobrevivientes fueron erradicados de la gran playa de Puerto Edén, donde por mucho tiempo habían instalado sus chozas, agrupándoseles ahora en una colonia de viviendas de madera; su vestuario no difiere hoy día de aquel usado por los chilenos; y la posta vecina vela constantemente por la salud del grupo. A estos factores se suma el acceso de los niños alacalufes a la escuela, lo cual ha motivado en ellos un abandono de la lengua nativa y el empleo predominante del español. En todos los niveles materiales e inmateriales visibles, se observan préstamos culturales múltiples y definitivos. Su antigua economía de subsistencia a base de recolección, pesca y caza no constituye ahora su única fuente de recursos, puesto que una gran parte de ella ha sido sustituída por la artesanía consistente en la manufactura de pequeños botes y canastos tradicionales destinados ahora a los turistas y pasajeros de barcos mercantes.

Es así como la prehistoria de los alacalutes -que comienza y finaliza en el período preagroalfarero- es sucedida abruptamente, a partir del siglo XIX, por su dolorosa y dramática incorporación a la sociedad chilena. La incompatibilidad de estructuras y niveles culturales de ésta última con respecto a aquellas de la sociedad alacalufe determinó tanto una integración forzada como la destrucción veloz de una de las culturas paleoindígenas más arcaicas y antiguas del continente.

 
Fotografías tomadas por María Ester Grebe en 1971

Rondas chilenas jugadas por niños alacalufes

Alberto Achacaz

Margarita Molinari y su nieto

* Estos dos seres sobrenaturales, mencionados por Emperaire (1963) y que recoge aquí la autora del presente artículo, al parecer basándose en esa fuente y no por datos de sus informantes, no fueron identificados por mis propios informantes (casi los mismos de la autora) cinco años más tarde en mi primer trabajo de campo en Puerto Edén. A través de más de 20 años de contacto ininterrumpido con la lengua kawésqar y sus hablantes, éstos nunca aceptaron la existencia de tales seres, reconociendo sí la de Ayayema, el espíritu del mal (no en el sentido cristiano u occidental: este espíritu es un quebrantador del orden natural, por ello puede ser causante de algo malo que le suceda a un individuo, al entorno o a un grupo de personas, no como producto de un castigo por una mala acción, sino como una intervención perturbadora de la normalidad). Es probable que el pretendido "hombre de las nieves" sea un animal fabuloso y mítico que los kawésqar dicen que vive en los glaciares y cuyas huellas manifiestan haberlas visto. (Oscar Aguilera)

 
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